No fue en un restaurante con estrellas, sino en un mercado a medianoche en Bangkok, donde comprendí que la comida en Asia no se cocina: se narra. Esta es la historia de cómo un plato de curry me enseñó sobre el amor, la pérdida y la memoria. ¿Alguna vez un bocado te ha transportado a otro siglo? 🍜✨ #HistoriaDeVida #HistoriaDeVida #ViajeSensorial
Todo comenzó con un olor. Un aroma que se enredaba en el aire húmedo de Chiang Mai, una mezcla de lemongrass, galanga y algo indescifrable, dulce y terroso a la vez. Yo era solo un viajero con una mochila y una lista de «platos imprescindibles», un coleccionista de sabores, no un conocedor.
Mi guía no fue un chef, sino una anciana a la que todos llamaban «Yi». Su puesto, en el último rincón del mercado nocturno, no tenía nombre brillante. Solo un caldero de hierro donde burbujeaba un Khao Soi de un color ámbar profundo. «No vendemos comida», me dijo la primera vez, sus ojos surcados de arrugas como mapas de tierras lejanas. «Vendemos recuerdos».


Ella era la última guardiana de una receta que no estaba escrita, sino sentida. Su bisabuelo, un mercader de la Ruta de la Seda, la había traído de las montañas de Yunnan, adaptándola con la leche de coco del sur y la cúrcuma que comerciaba con persas. Cada cucharada, me explicó, contenía una migración, un matrimonio, una guerra evitada.
Un día, tras semanas de insistir, me permitió ayudar. No fue sobre medidas. «Esta pizca de comino», dijo, moliendo la semilla con sus dedos huesudos, «es por la valentía. Se añade cuando recuerdas un momento en que fuiste fuerte». «Esta ralladura de lima kaffir», continuó, «es por la pena que se transforma. Solo se pone cuando el corazón está ligero otra vez». Yo, mecánicamente, solo pensaba en los gramos.
La noche del festival de las linternas, su nieta, una joven moderna que estudiaba informática en Bangkok, llegó de visita. Yi, con solemnidad, le pidió que probara el curry. La joven lo hizo, y su rostro se iluminó. «Sabe a abuela. Sabe a casa». Entonces comprendí. El verdadero ingrediente secreto no era una hierba rara, era la transmisión. Era la voluntad de recibir una historia y la promesa de contarla.
Años después, en mi propia cocina en Madrid, intento recrear ese sabor. Nunco es igual, claro. Pero cuando el aroma inunda la casa, cierro los ojos y ya no estoy en mi cocina. Estoy en ese mercado, bajo las bombillas temblorosas, aprendiendo que la gastronomía asiática imprescindible no reside en los platillos fotografiados, sino en las manos que los preparan y en las historias que los sazonan. Es un banquete donde cada plato es un capítulo de humanidad, un legado que se hereda por el paladar. No viajé para comer. Comí para viajar en el tiempo.

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