Soñabas con perdértete en los zocos, conectar con la esencia bereber y regatear como un campeón. La realidad: una marabunta de turistas siguiendo a un paraguas, un vendedor que te llama «amigo» mientras te cobra el triple, y el sonido omnipresente de un muecín compitiendo con el de una moto. Bienvenido al «#Marrakech Auténtico«. Spoiler: tu sentido de la aventura acaba donde empieza la disentería del viajero. Cuento sarcástico dentro.
#Marrakech Auténtico: Un cuento de mil y una estafas (bienintencionadas)»
Lo llamaron «La Perla del Sur», «La Ciudad Roja», «El Alma de Marruecos». Tú lo llamaste «vacaciones». Habías leído los blogs, visto las fotos con filtros sepia de puertas azules y comprado tres kilos de ropa de lino que, prometías, ibas a usar. Habías venido en busca del Auténtico Marrakech.
Tu primer contacto con la autenticidad fue en la plaza de Yamaa el Fna, un lugar tan espiritual y vibrante que inmediatamente un hombre con una mona drogada le arrancó la cadena a tu compañero de viaje. «Auténtico», pensaste, ajustando la riñonera bajo la camisa. Te abriste paso entre encantadores de serpientes (las serpientes, notablemente poco encantadas), vendedores de zumo de naranja (4 dirhams, 40 para turistas) y un olor penetrante que era una sinfonía de especias, carne a la brasa y alcantarilla abierta. Ah, los sentidos.
Decidiste adentrarte en el laberinto del zoco. El Auténtico Zoco. Regla número uno: si puedes ver la salida, no es auténtico. Te sumergiste. Cada tienda era una cápsula del tiempo hacia el siglo XV, salvo por los llaveros de la selección marroquí y las babuchas con el logo de Chanel pintado con rotulador. Un anciano artesano te llamó. Tallaba madera de tuya con herramientas ancestrales. Te contó, en un francés roto y poético, que su abuelo enseñó a su padre, que enseñó a él. Conmovido, compraste un camello minúsculo por el precio de un camello de verdad. Al girar la esquina, viste a un niño sacando ese mismo camello de una caja que decía «Fábrica – 1000 unidades».
La búsqueda de auténtica gastronomía te llevó a un restaurante con mesas en una terraza y vistas a la plaza. El menú, en francés e inglés, prometía «un viaje por los sabores ancestrales del Atlas». Pediste el tajine de cordero con ciruelas y almendras de la casa. El cordero tenía la textura de una suela, las ciruelas sabían a azúcar roja y las almendras brillaban con un aceite sospechoso. Miraste a tu alrededor. Todos los comensales eran como tú: cámaras al cuello, expresión de perplejidad educada. En la mesa de al lado, un influencer grababa un reel: «¡La verdadera esencia de Marrakech está en su comida… simple, hecha con amor!». El chef, visiblemente, fumaba un cigarro en la puerta de atrás, viendo un partido en su móvil
Tu momento culmen de autenticidad llegó con la visita a una casa bereber familiar en «las afueras auténticas». Un guía con una sonrisa inquietantemente blanca te llevó en un taxi que olía a gasolina y menta. Tras un viaje por un polvoriento camino, llegaste a una casa de adobe. Te recibió una familia: sonrisas amplias, ojos cansados. Te ofrecieron el té. El famoso té a la menta, símbolo de hospitalidad magrebí. Lo bebiste. Estaba dulce como un jarabe para la tos y caliente como el infierno. Mientras la abuela te miraba fijamente, te percataste de los carteles de Coca-Cola pegados estratégicamente detrás de los cojines «hechos a mano». La visita terminó con una exhibición de alfombras. Te explicaron, con una precisión milimétrica, los significados de los símbolos: «este es el ojo que protege del mal, este es el camino de la vida, y este patrón aquí… representa la tarjeta de crédito Visa o Mastercard, aceptamos ambas». Saliste de allí con una alfombra que no querías, por un precio que no podías permitirte, sintiendo una mezcla de culpa occidental y estupidez profunda.
Al final, sentado en el riad (un B&B «auténtico» dirigido por un francés de París que «escapó de la rutina»), reflexionaste. El Auténtico Marrakech no estaba en los monumentos, ni en la comida, ni en las compras. Estaba en la sublime, irónica coreografía que bailabas con la ciudad: tú, buscando desesperadamente una experiencia pura, no contaminada; y ella, ofreciéndote con maestría y sin pestañear un producto brillantemente empaquetado de esa misma búsqueda. Era un espejo dorado y polvoriento que reflejaba tu propio deseo de ser el turista que «no es un turista».
Y en ese momento, mientras pagabas 5 euros por una botella de agua que en el supermercado costaba 50 céntimos, te diste cuenta de que sí habías encontrado la autenticidad. La auténtica, universal y eterna sensación de ser un idiota con sandalias y una cámara cara. Y eso, querido viajero, no tiene precio. Bueno, sí. Y lo acabas de pagar.

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